Epilogo, el fin de la prehistoria

Mirando pa' dentro 09 de junio de 2017 Por Alejandra Vittar
Hemos llegado al final de nuestro recorrido. Un sol de sangre tiñe el cielo del crepúsculo otoñal, que se proyecta sobre la ciudad como un gigantesco pabellón encarnado...
Sol_y_Tierra

Hola Amigos diablitos !

 

Comparto esta semana con ustedes El Epílogo del Fin de la Prehistoria de mi amigo Tomás Hirchs. Quizá  leerlo llene  nuestras mentes y corazones de una suave esperanza del mundo que se avecina .

 

 Acerca de una nueva espiritualidad.

 

Hemos llegado al final de nuestro recorrido. Un sol de sangre tiñe el cielo del crepúsculo otoñal, que se proyecta sobre la ciudad como un gigantesco pabellón encarnado, simbolizando de algún modo aquella gran conflagración global en la que estamos inmersos: el ser humano enfrentado a los señores del dinero. Mientras tanto, la vida social así como la vida personal se han ido desintegrando en fragmentos cada vez más pequeños, como si estuviéramos siendo observados a través de un enorme caleidoscopio y el vacío existencial ha sumido a las poblaciones en una opaca atonía, que se rompe de vez en cuando para dar paso a agónicas convulsiones catárticas. Es una época triste para el ser humano porque el mundo que construyó ha explotado tornándose irreconocible para su creador; pero la nostalgia de esa unidad perdida es una fuerza que se hace tanto más poderosa cuanto más desesperanzada parece la situación que nos toca vivir.

Muchas culturas han narrado mitos sobre dioses que fueron descuartizados por el rencor y sus pedazos repartidos por el mundo para ser reconstituidos después, gracias a la fuerza del amor, esa espada de fuego que es capaz de atravesar cualquier límite y penetrar hasta los más recónditos secretos. ¿Qué significados se esconden detrás de aquellas extrañas alegorías y qué relación guardan con nuestra época? Hoy todo ha derivado hacia un radical antagonismo: se enfrentan las culturas, el capital con el trabajo, la muerte se opone a la vida, la riqueza concentrada se enseñorea en el planeta en contra del bienestar de los grandes conjuntos. Así están las cosas, pero la salida para esta especie de oposición universal no se encuentra en los discursos hipócritas de los poderosos y sus secuaces ni tampoco en la profundización de la actual mirada analítica, que acentúa aún más la descomposición. Y menos todavía se alcanzará gracias a una horrorosa victoria momentánea de un bando sobre el otro. Podríamos decir, apelando a una cínica máxima militar, que si no se puede ganar, entonces hay que parlamentar, pero el odio comprensible de los agraviados, avivado por una situación generalizada de absurdo, impedirá cualquier diálogo.

A pesar de los enormes avances materiales que hoy conocemos, ninguna fuerza física se ha mostrado capaz de restablecer la unidad esencial de todo lo existente. Se trata, sin duda, de una experiencia de otro tipo, que algún filósofo ha identificado como el momento de “la revelación del Ser”, ha sido “alétheia” para los griegos y “dios” para otros muchos. Comoquiera que se llame, es una intuición poderosa que ha irrumpido en distintas épocas, cada vez que el ser humano debió emprender un camino distinto al que seguía hasta ese momento. La nueva espiritualidad que está apareciendo simultáneamente en todo el planeta nos habla de estas búsquedas, que intentan responder a la pregunta fundamental: ¿cuál es el sentido de la vida humana en general y de mi propia vida? Si la ciencia ha sido capaz de describir el “cómo” con arrolladora eficacia y la filosofía ha tratado de dar respuestas al “porqué”, sólo la revelación interior puede abrirnos las puertas del “para qué”, dimensión que constituye el sustrato de cualquier otra pregunta. No obstante, al hablar de la vida y su sentido se nos impone también la realidad y el misterio de la muerte, pero de ello no es mucho lo que podemos decir ya que creemos que cada cual está en condiciones de encontrar sus propias certidumbres.

La mente humana necesita de la verdad para florecer, tanto como el cuerpo necesita del aire para vivir. Sin embargo, este afán por instalar certezas que desde siempre nos ha incitado hacia la acción incansable, desembocó, por extraña paradoja, en una época en la que se han impuesto la mentira, la manipulación y el engaño como principales códigos de relación.

Algo salió muy mal aquí —hemos de reconocerlo— y de ello da sobrada cuenta el uso

malicioso que se terminó haciendo de unas herramientas tan poderosas como son los

medios de comunicación actuales, que multiplican la mentira oficial hasta niveles nunca

antes imaginados. Llegó entonces el momento de volvernos hacia nosotros mismos y

buscar la luz en nuestros propios corazones, porque la experiencia histórica está indicando que la “verdad verdadera” no puede obtenerse por la pura acumulación mecánica del conocimiento sobre el mundo externo, como nos enseñaba el racionalismo, sino que se accede a ella a través de una comprensión instantánea y directa (no intermediada por nadie), que es el fruto de una profunda experiencia interna de iluminación. Como muy bien lo saben los místicos de todos los tiempos, es una verdad revelada. Después vendrán las interpretaciones y los mitos, elaborados y reelaborados una y otra vez a partir de esa experiencia original y que tenderán a multiplicarse con el paso del tiempo, como siempre sucede. Pero lo importante seguirá siendo la posibilidad cierta de acceder a esos recintos sagrados de la propia interioridad en los que se guardan los significados eternos, espacios míticos donde conviven en completa armonía hombres y dioses.

Después de muchos fracasos dolorosos, nos da la impresión de que el ser humano está

nuevamente disponible para abrirse a vivir esa experiencia fundamental, de la que se alejó por causas que son demasiado complejas de analizar y superan las intenciones de este escrito (y también, los alcances de este escritor). El punto en cuestión ahora es la obtención de los medios para acceder a una vivencia que ha perdurado sólo como vago y confuso recuerdo de tiempos inmemoriales. ¿A quién acudir? ¿En quién confiar? Por sobre todo, hay que buscar entre quienes no te piden nada y tampoco tratan de imponerte ningún dogma, guías bondadosos que se limitan a mostrarte un camino para que tú lo recorras libremente, en el caso de que ese fuera tu deseo más profundo. Si la época lo está demandando, esos guías ya existen en alguna parte y bastará con aprender a ver para percatarnos de su existencia, siguiendo el mandato de una sincera necesidad interior que orientará esas búsquedas. Pero con ello también estamos señalando a quienes debemos evitar, para no equivocarnos: a cualquiera que utilice (o avale) la violencia como medio, por más elevados que sean los propósitos que declare.

Cuando esta necesidad tan humana de sentido se transforme en un clamor, es decir, en una demanda colectiva, no habrá ninguna cadena que pueda detener o controlar la intención de los pueblos para ir en esa dirección y la imagen común que de allí surja contendrá una energía colosal, capaz incluso de modificar el rumbo de todo el sistema. Aunque nos acusen de delirantes, nos atrevemos a decir que la irrupción de esta experiencia puede implicar una completa transformación de la convivencia social, porque a partir de ella se comprenderá finalmente que cada vida humana es sagrada y forma parte de un tejido único en el que nadie sobra, en cuya trama todos somos necesarios así como necesitamos también a los demás. Digamos entonces que la constatación de la profunda unidad de lo diverso sólo puede obtenerse por esta vía. Así, el abandono de la violencia como forma de relación entre los individuos y los pueblos será, por sobre todo, una manifestación visible de ese contacto profundo con lo sagrado al que muy pronto accederemos. La superación de toda forma de violencia significará, en última instancia, que se ha modificado de raíz el modo en el que experimentamos lo humano, en nosotros mismos y en los demás.

El Nuevo Humanismo nunca ha concebido a la interioridad y la exterioridad como

universos separados, básicamente porque esa separación no existe y es un error

metodológico (propio de momentos históricos anteriores) establecer límites tan tajantes.

Nuestros planteamientos evidencian la existencia de un mundo interno en interacción

incesante con el mundo externo, conformando una estructura indivisible que se va

influyendo y transformando recíprocamente. Todas nuestras discusiones con la falacia del inmovilismo actual arrancan desde esta concepción y, en virtud de ello, tenemos una fe inconmovible en que seremos capaces de romper esa camisa de fuerza que nos paraliza y, a la luz de esta nueva revelación, sabremos resolver (o disolver) nuestras diferencias. A fin de cuentas, el odio y la ira —parteros de la violencia— son emociones humanas y, como todo lo humano, pueden ser transformadas y reorientadas hacia un propósito útil, cosa que sería muchísimo más fácil de conseguir si quienes controlan hoy el mundo se hacen a un lado, de modo que su habitual torpeza no siga empeorando aún más la situación.

Cuando eso suceda, el ser humano, en posesión plena de todas sus facultades, podrá

proyectarse hacia el futuro para materializar su anhelo de una nación humana. Ese mismo aventurero incurable que ha corrido todos los riesgos. El que muchas veces sembró el horror y otras tantas se ha alzado hacia lo sublime. Ése que se empeña en dejar atrás la prehistoria para ingresar a una historia cálidamente humana. Aquel que a menudo olvida quien es pero luego vuelve a recordarlo. El que lucha, día a día, para conquistar su libertad.

                                                       Santiago de Chile, agosto de 2006 — abril de 2007

 

 

Deseo de todo corazón que estas palabras, que son el sentir de muchos seres humanos

se conviertan pronto en realidad ,porque necesitamos llenar de sentido nuestras existencias .Y les deseo también, en esta semana que se inicia : Paz , Fuerza y Alegría !!

                                                                                              

                                                                                                  Alejandra Vittar.

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